martes, 21 de agosto de 2007

Julius Evola y la crítica al fascismo

Artículos de Metapolítica

En la idea se reconoce nuestra verdadera Patria. No el ser de una misma tierra o de una misma lengua, sino el ser de una misma idea es lo que hoy cuenta” Julius Evola

José Luis Ontiveros

Tópicos de la “inteligencia estúpida”
La crítica al fascismo es uno de los hábitos más imbéciles y rutinarios de nuestros contemporáneos, al punto que una izquierda declinante, reciclada en visiones ginecocráticas -feminismo de las ménades posmodernas-, o restringida a un credo humanitario, -todos somos iguales, unos más que otros-, o derivada al colapsado progreso, -no hay mejor credencial que decirse progresista, aunque no se entienda bien qué se espera de un progreso exterminacionista y ecocida-, o atrincherada en el sentido de la historia, -cuando ésta ha demostrado a la saciedad que carece de finalidad y que su tensión es la aventura y el conflicto-, o arrellanada en la lucha puramente reactiva contra el neoliberalismo, -paradoja insostenible, puesto que para Marx el capitalismo y su consolidación son una condición indispensable para la “liberación” de la masa de los esclavos proletarios, de los parias de la tierra, de los desheredados del mundo, concepción cuyo origen radica más en la tradición rabínica del profetismo judío, que en el presunto cientificismo marxista, derivación del positivismo burgués-, estima esta desventurada izquierda de calzador que el mayor enemigo sigue siendo el fascismo, y peor aún, un indefinido neofascismo que acecharía, pese a que no exista o sea virtual, al siglo XXI, para cobrarse la derrota sufrida en el vigesémico.
De ahí que no haya mejor práctica para la moribunda izquierda, derretida por la mantequilla del consumo, que luchar contra el fantasma que recorre el mundo, y éste es el fascismo, al contrario de lo que afirmara el Manifiesto comunista, lo que demuestra que el paso romano es con todos los anatemas que soporta, el mejor paso, el de los vencedores por el Espíritu y el de los señores de la virtus romana y de la Alemania Nibelunga.
Esta crítica se ha convertido en un lugar común y en una forma de dicterio, si alguien en el futbol orina a sus cofrades que ven saltar la bolita es “fascista”, si los antimotines “democráticos” emplean sus toletes de manera indiscriminada son “fascistas”, si se expulsa a alguien por motivos de conciencia, se incurre en el “fascismo”, si una señora gorda pisa a un mongoloide distraido, la salvaje rubicunda es “fascista”, y el colmo, si el subnormal Bush, máximo exponente del Sanedrín ,de la Kahal y de la Cábala consuma su genocidio contra el Islam es “fascista”. De alguna forma, como señalara con ironía el escritor rumano Vintila Horia ser fascista es algo así como una tautología: lo peor de lo pésimo. Lo que no deja de ser, pese a sus censores moralistas, el irresistible atractivo del derecho a lo abominable.
Esta forma de descalificación ontológica es patrimonio de la civilización democrática-burguesa, por ello el fascismo es una palabra bumerang, que regresa a quien la lanza, y forma parte del repertorio de vituperios de la academia intelectual de los eunucos. Por ello es importante revisar en verdad y con un genuino sentido crítico lo que el fascismo tiene de rescatable, que lo es más en sus intenciones y propósitos, que en sus plasmaciones históricas diversas y discutibles.
La crítica de Julius Evola
Al respecto la mejor crítica hecha al fascismo, en su representación política, bajo la Italia de Mussolini, es la del pensador de la Tradición, el barón Julius Evola, del que se cumple el trigésimo aniversario de su desaparición física, dado que nació en Roma en 1898 y murió el 11 de junio de 1974. Evola es un Maestro de la herencia de la Tradición Primordial, junto con René Guénon, Titus Burckhardt, Frithjof Schuon. La referencia a la Tradición podría definirse como una revelación suprahumana de un orden normal que rigió la existencia de las sociedades ligadas a principios solares y ascendentes, y que Mircea Eliade describe como arcaicas o premodernas.
Julius Evola nunca fue fascista, mas tuvo abiertas simpatías por los movimientos que en el siglo pasado con diferentes formas y matices, pretendieron afirmarse soberanamente en la historia en contra tanto del credo del Tercer Estado y los “inmortales” principios de la Revolución Francesa de 1789 como del Cuarto Estado de la “masa sin rostro” del comunismo, el bolchevismo bovino de 1917 aplicado a los mujiks con el “método filantrópico” del Gulag. Todo ello sin demeritar el respeto que me debe el comunismo nacional y la corriente nacional-bolchevique. Yo soy un nostálgico del comunismo, de su férrea voluntad de victoria, de sus gestas y de su epos heroico, independientemente de mi adhesión a la figura del Comandante Fidel Castro, representante del honor de nuestro Rey Don Felipe II.
Fascismo: forma, fuerza, espíritu y corazón
Así, Corneliu Zelea Codreanu, Jefe de la Legión de San Miguel Arcángel, quien se entrevistara con Evola en Bucarest por 1938, reunión en que estuvo Mircea Eliade, quien luego abjuró de sus principios legionarios por labrarse una carrera en el exilio como prestigiado académico estudioso de las religiones e incansable y brillante escritor, precisó de manera plástica las diferencias fundamentales entre el fascismo, el nacionalsocialismo y la Guardia de Hierro rumana o Movimiento Legionario, empleando para ello una analogía con las funciones orgánicas: el fascismo es la forma, la estética, el orden de la doctrina romana del Estado; el nacionalsocialismo es la fuerza vital, el poder del instinto, la voluntad de poder, de ahí su referencia a la raza y al Volk como la expresión de la plenitud de la vida, y el Movimiento Legionario es el espíritu, por ello Codreanu y la tradición dacia se expresaron a través de la mística y del canto.
Su heredero en la conducción del Movimiento Legionario, Horia Sima, luego de que Codreanu fuera asesinado, estrangulándolo, con 13 jefes legionarios, la noche de San Andrés, el 30 de noviembre de1938, crimen que según el príncipe Michel Sturdza, se comprende en los crímenes rituales talmúdicos, escribió en el exilio en España, un libro muy interesante, que acaba de rescatar Ediciones Nueva República, -en su valiosa e ingente labor, la cual se ha impuesto, a contracorriente, a la dictadura del pensamiento único y de la nueva inquisición democrática, con un coraje admirable, que lleva por título Dos movimientos nacionales, mismo que conociera desde 1975, -publicado por Ediciones Europa, Madrid, 1960-, en que hace referencia a la unión eucarística entre la Guardia de Hierro y la Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas en lo que sería, -haciendo una paráfrasis del pensamiento de Codreanu-, el corazón, el que se ilumina por la fe, se angustia por la decadencia “queremos a España porque no nos gusta”, y que se enciende por torrentes, y arroja la sangre salvífica por la pasión amorosa del sacrificio y de la muerte: “se alzará como una espiga de la pólvora y la sangre mi bandera”
He aquí una tetralogía wagneriana del fascismo: la forma, la fuerza, el espíritu y el corazón. En el campo opuesto a esta simbología, las heces son las marcas hediondas de la democracia burguesa y el regurgitamiento la expresión más clara del odio proletario. Y hay quien sólo se ventosea y respira su descomposición: es el suspiro culoide del diletante, de quien no toma partido, si no es por él mismo, el letrado descastado, el histrión de los signos. ¿Usted conoce a alguien así…?
El maestro Julius Evola en su obra El fascismo visto desde la derecha (Edizioni Europa,1970) cuyo título fuera IL fascismo con note sul Terzo Reich, que comprende la época posterior a la segunda guerra, en la línea de varios de sus libros que tratan aspectos del debate contemporáneo y que dan una respuesta a la crisis existencial del último hombre de las tinieblas democráticas como Orientaciones (1950), Los hombres y las ruinas (1953), Cabalgar el Tigre (1961) ), El arco y la clava (1968), -que en su gran mayoría han sido publicados en castellano por el Círculo de Estudios Evolianos en Argentina que conduce Marcos Ghio, con el sello editorial Heracles-, fija varias posturas en una implacable y lúcida crítica al fascismo desde la visión de un Ksatriya –casta aria guerrera- a la que perteneciera Evola y que siempre consideró superior a la Brahmánica o sacerdotal, y que es el punto central que nos ocupa.
En este sentido, la crítica de Julius Evola al fascismo, tiene una advertencia, la de que ésta en el periodo de la guerra, no se manifestó con un valor contestatario, en la medida, en que se consideró que las fuerzas que enlazaban con la Tradición, por parte del propio fascismo, podrían rectificar una serie profunda de desviaciones de la civilización moderna, que lo desvirtuaban, y lo despojaban de ser una andadura Iniciática, al término victorioso de la guerra, lo que no pasó de ser un anhelo, toda vez, que el fascismo, en cuanto tal, -de acuerdo a Evola- vale no por sí, no per se, sino por ser una expresión de la herencia de la concepción romana de la soberanía política y su afinidad con un Estado auténtico, que entroncaba con el Imperium –romano y medieval- y con los remanentes de una verdadera autoridad, que en la historia de Italia no tenía ya referentes y puntos de sustento.
¿Una alternativa para Iberoamérica?
Ello es particularmente importante por lo que se refiere a la tradición política, propiamente española, que mantuvo nexos estructurales con el Sacro Imperio Romano Germánico a través de la Sacra, Cesárea y Católica Majestad de Carlos I de España y V de Alemania, e igualmente por la fidelidad a principios superiores de los Habsburgo, y en especial del Rey Católico Felipe II, opuesto decididamente a la expansión mercantilista y protestante que ha erigido el mundo actual de la usurocracia y el capitalismo (Max Weber), sin que por ello Evola reivindique, por su adhesión al gibelinismo, el propósito de mayor hondura del combate de España contra la subversión, mismo que sucumbió ante poderes nefastos coaligados tanto en el episodio de la Armada Invencible, que no fue derrotada militarmente, -según aclara el historiador William Thomas Walsh, en su magna obra Felipe II (Espasa Calpe, Madrid, 1958)-, como por la concentración de un bloque metafísico que representó la Contrarreforma, en una misma línea que es lo opuesto a la depredación borbónica y a la monarquía constitucional domesticada, como a un conservacionismo puramente reactivo y superficial, que nada tiene que ver con una doctrina trascendente del Estado.
Mas en el caso de Iberoamérica, el ejemplo italiano –al que se refiere Evola- es muy aplicable: “En cuanto al pasado italiano mismo, hemos dicho que desgraciadamente no hay gran cosa que extraer para la definición del punto de vista de una verdadera Derecha. En efecto como cada uno sabe, Italia se unificó en tanto que nación principalmente bajo la influencia de las ideologías procedentes del Tercer Estado y de los “inmortales principios”de1789, ideologías que no han jugado un papel puramente instrumental y provisional en los movimientos del Risorgimento” (El fascismo visto desde la derecha).
Este es precisamente el escenario desolador prevaleciente en Iberoamérica con los movimientos de insurgencia, que tuvieron genéricamente como modelos las revoluciones francesa y norteamericana, así como la influencia deletérea de la fracmasonería, que se distinguió como un instrumento jacobino al servicio del expansionismo del pueblo elegido por el destino manifiesto, en la transposición que los yanquis toman de la herencia bíblica protestante y de su referencia a Israel, como el nuevo pueblo predilecto de Jehová.
Por ello es que la crítica de Evola es del todo aplicable a la experiencia política Iberoamericana, y ello explicaría la impostergable necesidad de restablecer como nuestros referentes al Imperio español, y en un sentido tradicional, a las estructuras políticas solares no occidentales de los símbolos originales de Aztlán y a la determinación guerrera azteca, como al sentido de la guerra sagrada -Xochicayotl-, que contienen en sí, un valor regenerativo fundado en la barbarie como centro de los nuevos valores (Nietzsche), opuestos –en nuestros días- a la subversión democrática y colectivista, y al propio marco oocidentafílico del neocolonialismo, ver al respecto mi libro Apología de la barbarie (UAM,1987, Barbarroja, España, 1992, Huguin, Portugal, 1997).
Superación de la izquierda y de la derecha
Evola aclara que su referencia a la derecha, no es en función de la dualidad del régimen demoparlamentario de los partidos, en oposición a una izquierda que se guía por la misma lógica, lo que sería tomar como punto de partida la degeneración partidocrática, involutiva y destructora, o las falsas restauraciones de un artificial orden conservatista, cuando en rigor nada existió en esas manifestaciones reaccionarias que fuera digno de ser conservado: “En principio representa, o debería representar, una exigencia más elevada, debería ser depositaria y afirmadora de valores directamente ligados a la idea del Estado verdadero: valores en cierta forma CENTRALES, es decir, superiores a toda oposición de partidos, según la superioridad comprendida en el concepto mismo de la autoridad o soberanía tomado en su sentido más completo” (las citas que se hacen a continuación corresponden al libro mencionado).
Esta referencia de Evola se hace en función de valores permanentes y no de las condiciones externas cambiantes, sujetas al agotamiento o a la deformación, que se sitúan: “naturalmente en un momento dado en el pasado, no tiene y no debe tener incidencia angular en toda hojeada que quiera recoger lo esencial y no sucumbir al embrutecimiento HISTORICISTA”.
Mitologización y denigramiento
De ahí que se refiera a dos graves peligros en la comprensión cabal de las ideas-fuerza de la Tradición, retomadas por el fascismo, que se expresan por la “mitologización y el denigramiento”: “El fascismo ha sufrido un proceso que puede calificarse de MITOLOGIZACION y la actitud adoptada respecto a él por la mayor parte de las gentes reviste un carácter pasional e irracional, antes que crítico e intelectual.”. Ello da lugar a una idealización nostálgica e insostenible del fascismo, que niega sus aspectos negativos como en contrapartida, denuncia, la aplastante “pasión partisana” con su enorme maquinaria de propaganda orwelliana, dedicada a la denigración sistemática de este movimiento, lo que da lugar a: “la construcción de un mito del fascismo en el cual se evidencia, de manera tendenciosa, sólo los aspectos más problemáticos del fascismo, a fin de desacreditarlo y hacerlo odioso en su conjunto”.
Esta corriente de denigración que nunca acude a las fuentes del pensamiento fascista, sino a imprecisas interpretaciones sectarias es la hegemónica, y la que norma el romo “criterio” de los mandarines de la nomenklatura intelectual para rechazar al fascismo sin conocerlo, como un prejuicio consagrado por la estulticia compartida por la ignorancia y el temor pánico a que alguien pudiese identificarse como “fascista”, lo que no deja de mostrar la hipocresía y fragilidad de los pontífices de bolsillo que graznan como los gansos capitolinos o cacarean gallináceamente contra lo que los refleja, y que califican, sin el mínimo rigor intelectual como fascismo. ¡Qué pena ajena produce tal espectáculo de moralina galilea y burguesa, en la –inextinguible- hora de los enanos¡
Este problema de apreciación se acrecienta, si se piensa, además, que el meollo de la cuestión si bien reside en el análisis de la estructura del sistema fascista, en su organización estatal e institucional, considerando la existencia del fascismo del Ventenio, y otro muy distinto en el plano ideológico, que surge con la República Social Italiana. El Ventenio se presenta como una depuración de elementos revolucionarios, como la tradición anarquista de los Camisas Negras, el sindicalismo de Sorel y la proyección socialista del propio Mussolini, que hizo decir a Lenin: “Mussolini es el único hombre que garantiza el triunfo del socialismo en Italia”, que si bien, son estimados por Julius Evola como un decantamiento de la doctrina o purificación de la idea romana del Estado, trajo consigo una serie de adulteraciones perniciosas como la coexistencia con una monarquía espuria, la carencia de facistización en el ejército, la obligada adhesión y militarización de la sociedad, la teatralidad operística kistch y la vigencia del Concordato, de los Tratados de Letrán, suscritos el 11 de febrero de1929, que otorgaron a la Iglesia Católica privilegios inadmisibles en el terreno del culto y de la educación, contradicciones que condujeron a la traición de Badoglio y a la deposición de Mussolini por el Gran Consejo Fascista en 1943.
La República Social Italiana, en cambio, retornó a los principios revolucionarios que Evola considera desviaciones, pero que dieron, a esta etapa postrimera del fascismo, su carácter socialista, cuando el Ultimo Mussolini se alza con los verdaderos fascistas en una defensa épica de principios insobornables que lo conducen a la tragedia, en que su sacrificio lo eleva sobre su postración, en la lucha interna por la Victoria espiritual.
Joseph de Maistre y Donoso Cortés
Por lo que concierne a los juicios de Evola, como podrá observar el lector, se discrepa de algunos de ellos, puesto, que en ese momento, pasada ya su época iconoclasta, dadaísta, neopagana y del superhombre nietzscheano, -se aproxima mucho más a Joseph de Maistre y a Donoso Cortés-, en la línea del pensamienrto contrarrevolucionario, exaltando como el mayor escritor alemán del siglo XX, Ernst Jünger, la figura del pensador español Donoso Cortés: “Un gran espíritu del siglo pasado -(s.XIX)-, Donoso Cortés, habló de los tiempos que preparaban Europa para las convulsiones revolucionarias y socialistas, como los de las negaciones absolutas y las afirmaciones soberanas”
La concepción romana del Estado
Sin embargo, en la perspectiva del pensador italiano, lo auténticamente importante en el fascismo, más allá de las circunstancias históricas siempre polémicas reside en que: “El mérito del fascismo, es pues, ante todo, haber alzado la idea del Estado en Italia, de haber creado las bases de un gobierno enérgico, afirmando el principio puro de la autoridad y de la soberanía política”, dado que el Estado, en un sentido naturalista, utilitario, de contrato social, de bienestar y de garantizar libertades negativas a sus ciudadanos, no merece tal apelativo, ya que es la negación de la autoridad firme y trascendente: “un Estado privado en su conjunto de un mito en sentido positivo, a saber, de una idea superior, animadora y formadora, que fuera algo más que una simple estructura de la administración pública”.
Por ello la genuina audacia del fascismo reside en los valores que lo religan con una Tradición anterior y superior a su propia doctrina, que en todo caso es posterior a la acción fascista, ya que se trató de un movimiento en que la acción, precedió a la ideología, es el principio de orden que se refiere al sentido hiératico y anagógico, -de elevar hacia lo alto-, de toda verdadera autoridad: ”La tradición romana, para Mussolini, no debía ser retórica sino una “idea-fuerza” y un ideal para la formación de un nuevo tipo humano que habría debido tener el poder entre las manos: “Roma es nuestro punto de partida y referencia. Es nuestro símbolo y nuestro mito” (1922), y agrega: “Esto testimonia una vocación precisa, pero también una gran audacia: que era proponerse el tender un puente sobre un abismo de siglos, para recuperar el contacto con la única herencia verdaderamente válida de toda la historia desarrollada sobre el suelo italiano”.
El símbolo tradicional del Fascio
Esta es la suprema osadía de Mussolini “tender un puente sobre un abismo de siglos” y para ello nada mejor que el emblema romano del Fascio Litorio: “del que el movimiento de revolución antidemocrática y antimarxista de los Camisas Negras extrajo su nombre y que, según una frase de Mussolini, debía significar “unidad, voluntad y disciplina”.
Evola profundiza en el significado del Fascio en la Tradición: “El Fascio, en efecto, se compone de varas distintas unidas en torno a un hacha central, la cual, según un simbolismo común a varias tradiciones antiguas expresa la potencia de lo alto, el puro principio del Imperio”.
La pastaciutta de la tripa
La crítica de Julius Evola al fascismo es la más completa y precisa, para todo aquél que se sienta llamado a una misión diferenciada, que aliente en él un afán de radical inconformismo, y un aceptar alegre y vital de la divisa “vivir peligrosamente”, aun cuando esta ética viril y un estilo de dureza y disciplina, que ofreció el fascismo a los italianos, haya terminado en una tractoria, siendo devorado como un plato más de pastaciutta, a la que se refiere con desprecio el genial creador del Futurismo, Filippo Tommaso Marinetti, en La cocina futurista, una comida que evitó un suicidio,( F.T, Marinetti y Fillia, Gedisa, Barcelona,1985): “Una vez más, el futurismo italiano se hace impopular con un programa para la renovación de la cocina italiana. El bacalao, el roast-beef y el pudín pueden ser la dieta adecuada para los ingleses; carne guisada y queso para los holandeses; sauerkraut, costillas de cerdo ahumadas y salchichas para los alemanes, pero la pastaciutta es mala para los italianos…Al comerla se desarrolla en ellos ese escepticismo irónico y sentimental que les es típico y que con frecuencia frena sus entusiamos”.
El rechazo al totalitarismo
Cabe terminar esta visión panorámica sobre el fascismo refiriéndose a la crítica que hace Evola del totalitarismo y de las “libertades negativas” que tratan de abolir por la racionalización el impulso a la autotrascendencia del hombre: “El principio de una autoridad central inatacable se ”esclerotiza” y degenera cuando se afirma a través de un sistema que lo controla todo, que militariza, todo y que interviene por todas partes, según la famosa fórmula “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”.
Para el Maestro de la Tradición, el Estado es orgánico y no totalitario, coordina y articula la vida colectiva, sin hurgar en la existencia privada, a través de la presencia intangible de su soberanía y de un clima de libertad positiva, en que se admiten zonas de autonomía parcial, actuando por su prestigio y su reconocimiento, sin necesidad de coacción ni de una nivelación burocrática masiva, respetando las vocaciones, y la multiplicidad, en que la camaradería y la libre adhesión a los principios como el respeto mutuo rigen la vida de un pueblo formado y determinado como la nación por la voluntad creadora del Estado, acción “debida a una influencia espiritual, no por medidas exteriores y obligatorias”, por lo cual: “La injerencia sistemática del Estado no puede ser un principio más que en el socialismo del Estado tecnocrático y materialista”. El Estado auténtico, entonces, ejerce el OMNIA POTENS y no el OMNIA FACENS (Walter Heyndrich).
El problema de la autotrascendencia,
Respecto a la libertad, Julius Evola, se refiere a la concepción de Platón que dice: “que es bueno que quien no tiene soberano en sí mismo, tenga al menos un buen soberano fuera de sí mismo”, lo que lleva a distinguir entre la libertad creativa y la puramente negativa, esto es, externa, de la que puede disfrutar quien siendo libre en relación a los otros,no lo es en cuanto a sí mismo, a lo que es preciso añadir la distinción: “entre el hecho de ser libre DE alguna cosa y el de ser libre PARA alguna cosa (para cumplir una misión, para servir, para forjar el hombre nuevo, para amar -en el deber- el sacrificio). La libertad negativa, puramente nihilística ha acentuado el sinsentido absoluto de la decadente civilización occidental y su putrefacción planetaria.
Mas precisa Evola que el actual Estado democrático se funda en la reducción de la personalidad y en la prisión ubicua del consumo, tratando de extirpar todo aquello que es vida intensa y elevada, siendo mucho más invasor de las determinaciones propias de la vida privada, a la que regula por los continuos mensajes condicionadores de masas, definiendo el éxito y el fracaso, en función de intereses unidimensionalmente materialistas, a ello se une que la actual sociedad intenta suprimir la tendencia a la autotrascendencia del hombre, que, en realidad, es una forma totalitaria de negar la excepcionalidad, la singularidad y la diferencia, lo que lleva a una conciencia lancinante del absurdo que se expresa en la contracultura negativista, o bien, en una vida empequeñecida, inmovilista y apática: “Hoy con la recuperación de esta quimera de la “racionalización” se tiende a rechazar y desacreditar todo lo que es tensión espiritual, heroismo y fuerza galvanizadora de un mito, precisamente bajo el signo de un ideal ya no político, sino “social” y de bienestar físico. Pero se ha precisado justamente que una crisis profunda es inevitable pues, al fin, PROSPERITY y bienestar aburrirán”.
El instinto fascista
La precipitada descomposición de Occidente confirma que el instinto fascista del hombre surge de la forma, la fuerza, el espíritu y el corazón, en el combate del heroismo cotidiano por sobreponerse al desplome interno en la vía solar y ascendente, que requiere de pruebas continuas y que cumple con la tensión guerrera, misma que expresa una revuelta metafísica por la afirmación de un estilo de vida diferenciado, lo que ya manifestara Joseph de Maistre al referirse al instinto monárquico, en cuanto que el hombre para ser necesita de un sueño, de un amor apasionado por lo invisible, de una devoción viril y sacra que potencialice al héroe y al santo, por ello el fascismo es la liturgia postrimera de una mística de la potencia, y al ser esto así, el fascismo en su esencia final es imbatib

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