lunes, 27 de agosto de 2007

SOBRE LA NUEVA DERECHA




Alain de Benoist





* Eduardo Hernando Nieto

Hace ya algún tiempo que la derecha viene recuperando paulatinamente el espacio intelectual copado casi en su totalidad por el pensamiento gnóstico (Voegelin), es decir por las corrientes positivistas, historicistas y escépticas. En este sentido, llama la atención por ejemplo el concepto de “Nouvelle Droite” o Nueva Derecha que se gestó en la Francia setentera, y que tuvo como animador más visible al notable intelectual francés Alain De Benoist (“La Nueva Derecha”, Planeta, Barcelona, 1982).

En realidad, la tarea emprendida por de Benoist y otros colaboradores, fue admirable, pues se trató de un intento de síntesis de todo aquello que había sido escrito en Occidente desde una original mirada crítica a la ilustración francesa, la abstracción de los derechos humanos, el igualitarismo, el materialismo, y el nihilismo que se decantó como una sombra por todos los espacios a partir del siglo XIX.

Así, personajes singulares como Weber, Pareto, Evola, Nietzsche, Schmitt, Eliade, Céline, D.H Lawrence, Marineti, Jünger, Lorenz, Jung, entre otros, compartieron esta visión que reivindicaba el espíritu antes que la materia, la diferencia antes que la homogeneidad insípida, los valores de la vida y la naturaleza antes que el nihilismo, y por supuesto la acción antes que la comodidad burguesa. Ciertamente, esta síntesis desarrollada en Francia después de Mayo del 69, era heredera directa de la “Revolución Conservadora”, que se dio en la Alemania de Entre Guerras y que proponía e impulsaba estas mismas ideas.

Sin embargo, llamaba también la atención el interés de la nueva derecha por el pensamiento del intelectual marxista Gramsci. Empero, estar referencia a Gramsci, dentro del pensamiento de la Nueva Derecha, resultaba tangencial y no esencial, pues sólo se trató del empleo de sus ideas respecto a la relevancia del pensamiento para conseguir el poder y sobre todo para hacerlo durar.

En este sentido, cualquier acción política exitosa debía ser “gramsciana” si es que quería tener alguna opción dentro de la lucha por el espacio político y por ello la verdadera colisión política era la GUERRA CULTURAL. De allí, lo trascendente que resultaba el dominio y control sobre la Universidad como medio para conquistar después el espacio político.

La intención de la “Nouvelle Droite” era pues convertirse en una plataforma política y quizá hasta en un partido, por ello, resultaba sensata su apuesta Gramsciana. Sin embargo, entre sus propuestas no se advertía por cierto ningún sesgo racista, como podrían pensar sus detractores marxistas y liberales, así De Benoist comentaba: “Condeno, sin ninguna excepción, los racismos, comprendidos, por supuesto, los que se ocultan tras la máscara de un antirracismo de conveniencia” (“La Nueva Derecha” p.115), en cambio, si era visible su cuestionamiento al cristianismo en especial por su carácter mesiánico y maniqueo, y por haber permitido la sublevación de la masa respecto a las élites (de allí la denominación del Cristianismo como “Bolchevismo Antiguo”), lo cual, a su vez, no haría ilógica y extraña la aparición por ejemplo de algo como la “Teología de la Liberación”.
Así pues, la fuerza de la nueva derecha descansaba en la posibilidad de utilizar las mismas herramientas que le sirvió a la izquierda para conquistar la Academia, pero evidentemente la superioridad del pensamiento de la Nueva derecha hacía que éste se viera como una amenaza y por eso la izquierda tenía que recurrir al poder económico y sobre todo al de la prensa para fustigar la legitimidad de este discurso tachándolo como suele hacer con todo lo que le incomoda al apelar a la salvadora etiqueta del “temible” Fascismo.